Allá por esas tardes de agosto




Nace el ocaso pisando las montañas,
el paisaje se tiñe de un dorado cálido.
Yo lo venero desde arriba, en soledad.
Lo contemplo a la distancia, 
como a un amor del pasado

 La suave brisa de primavera me acaricia la piel,
y es inevitable no sentir ese cosquilleo de nostalgia.
El sol cae y la perfección lo invade todo por un segundo.
Se esconde detrás de las montañas,
dejando rastro alguno de la divina templanza.

Luego como si nada estalla el ensordecedor silencio.
los animales huyen despavoridos ,
mientras la oscuridad arrasa en cuestión de segundos.
 nada queda más que la soledad de la noche,
y el sabor amargo de eso que no fue nada pero lo fue todo.

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