cuento corto 1
El orgullo mata.
Literalmente.
Encendió el último cigarrillo de la caja con la tosquedad propia del alcohol y dios sabrá qué otras sustancias en sangre. Mientras lo hacía se le perdió la mirada hastiada en la lenta y delicada, casi mágica, danza del humo. Se sumergió en una incertidumbre gris, enajenada de la realidad al menos por un instante, interrumpido cuando el humo se desvaneció en el aire desapareciendo como si nada, como tantas cosas en su vida.
El taburete de madera en la ventana con vista a Le Champs Élysées, decorado con almohadones de plumas y fundas de seda, le brindaba amparo de una manera en la que nunca nadie en la vida pudo siquiera asemejar. Había algo de esa sensación que le producía observar las vívidas calles de París resguardada en la calidez de su hogar que lograba devolverle el afán por la vida que tan frecuentemente perdía.
El departamento era estrecho y poco luminoso, pero el tan preciado taburete y la vista a la ciudad de las luces lo hacían valer lo que únicamente los privilegiados podían pagar.
Ella era de rasgos tenues pero exóticos, portadora de pómulos definidos y cejas finas que encuadraban perfectamente en el cabello corte carré típico de Francia que llevaba ahora descuidado, con el flequillo desmechado empezando a taparle los ojos. La piel que un día daba qué envidiar hoy se perdía en arañazos y pisotones de la vida.
Pasaba horas, y a veces hasta incluso noches, contemplando la escena en la ventana. En las tardes veía pasar a las parejas de la mano, en las noches a los borrachos y prostitutas. Quizá a veces tenía suerte y lograba encontrar con la mirada entre la multitud a un desolado buscando consuelo en aquellas calles, tal como lo hacía ella desde su ventana. Solo en ese entonces dejaba de sentirse completamente perdida en aquel mundo de constantes decepciones.
Al final de cada noche en la ventana de algún modo u otro lograba, aunque sea parcialmente, recuperar el ánimo. Esa puesta del sol sin embargo, lamentablemente para muchos, cumplió la excepción.
La única vez que se levantó esa tarde, ya convertida en noche gracias a la puntualidad de la luna, fue para buscar otra botella de malbec, la cual tantas veces había compartido con él. Luego de servirse la copa sin percatarse del hecho de que había perdido la cuenta de cuántas había tomado ya, brindó por él, recordándolo inmersa en arrepentimientos. Arrepentimientos no de lo sucedido, sino por lo contrario, de aquello que no sucedió. Aquello que quedó pendiente y se desvanecía con el paso del tiempo, al igual que el humo del cigarrillo
Así pasó horas, algunos dicen días, a solas con una botella y una mente desconcertada que la llevó a lugares que no deseaba presenciar, a pesar de haberlos conocido ya de memoria.
Recordó aquella noche de septiembre cuando no les alcanzaba la piel para saciar el deseo de pasión; o aquella noche de noviembre cuando no les alcanzaban las palabras para odiarse y la lluvia incesante les lavaba las últimas gotas de amor que quedaban en cada uno, solo para al siguiente día, semana o mes
reconciliarse y enredarse en sus propios juegos nuevamente.
Le llevó demasiado tiempo comprender la toxicidad de eso que tenían ellos, que nunca fue nada pero lo fue todo. Le llevó demasiado tiempo percatarse de que de ella nada dependía, sino de los sentimientos y la gana de él en el momento, que podía variar desde un amor incondicional hasta una indiferencia que lograría hacer padecer hasta al alma más fría.
De esa manera pasó años, esperando a que él volviera como lo hacía siempre, sentada en la ventana viendo a la gente pasar, ignorando que la que pasaba también era su vida, sigilosa y disimulada, escabullida en las multitudes parisinas.
Quizá siempre lo supo. Quizá no tardó en comprenderlo si no en hacer algo al respecto. Incontables veces se convenció de que aquella sería la última vez, que no volvería a caer en el mismo ciclo, pero terminaba cayendo siempre, haciéndose la caída cada vez más dolorosa y estrepitosa, dejando heridas cada vez más difíciles de curar.
El día en el que finalmente se decidió por cerrarle las puertas de su vida se había quedado ya sin lágrimas para llorar. Él por su parte no se enteró por mucho tiempo, no fue hasta unos meses después cuando al intentar volver como de costumbre no obtuvo respuesta alguna de parte de ella.
Se apartaron completamente. La miserable vida de ella no se le asemejaba al infierno que estaba atravesando él, pero ninguno de los dos sabía eso del otro. No querían admitirlo, sus egos no se lo permitían.
Él siguió intentando volver, de manera discreta y sutil al principio y desesperada al final. Comenzó con encuentros por supuesta casualidad, luego con llamadas telefónicas nunca atendidas. Terminó por pasar días debajo de su casa rogándole que volviera, pero ella no podía permitirse ceder nuevamente.
Miró la hora, 12 de la noche. Hubiera jurado que ya era madrugada. Hace tan solo unas horas, se había enterado del suicidio de su amado, quién en su nota suicida no dejó más que cuatro palabras: “No puedo no amarte”.
Observó con genuina aflicción como se consumía la colilla de su último cigarrillo. Éste no era un último cigarrillo cualquiera, éste era el último. Lo apagó en el cenicero junto a la copa de vino tinto medio vacía y tardó unos instantes en soltarlo.
Unos días después encontraron su cuerpo tendido en el taburete rodeado de copas vacías.
La autopsia reveló que murió de sobredosis de ansiolíticos.
La enterraron junto a él.

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