que tristes esos atardeceres de invierno
Fue domingo por la tarde.
Sentads en la ventana,
observando como típicamente
los últimos rayos de sol
que le penetraban el alma.
Tenía las manos frías,
la mirada haciéndole juego.
Qué tristes esos atardeceres de invierno,
¡Qué triste esa soledad constante!
La atmósfera indescriptiblemente tensa,
y ella pálida de la ansiedad que le generaba
el sonido del silencio,
el sonido de la ausencia.
Pero ¿Como podía sentir la presencia de lo ausente?
La carcomía por dentro.
Esa tarde comprendió que hay personas que nunca nos dejan,
vuelven, siempre, son algo así como eternas.
Quizá encontró algo de consuelo en aquel pensamiento
¡Pero qué tristes esos atardeceres de invierno!

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